http://www.youtube.com/watch?v=zpNx9rocnEIFueron bastantes los trajes mutantes que supimos ser una vez: animalitos similares a unas ratas que movían el rabo entre los dinosaurios que daban su bocanada final, anfibios, primitivos peces, incluso organismos unicelulares, eslabones del largo itinerario que comenzó en el ancestro común de todo lo vivo en el planeta. Hay algo que compartimos aún, con todos estos personajes: nuestra enorme propensión a sobrevivir, ese ir y venir para arañar un buche que nos permita costear el pato de la supervivencia.
“Estás buscando un símbolo de paz.”
El correr más rápido, tener piedras con mejor filo, los AK47 bien purgados, los mejores bancos y los billetes más verdes, las condiciones para la supervivencia fueron mechando de careta con el paso del tiempo. Todo ha de mudarse de barrio, incluso nuestras jaulas. La existencia se va tecnificando, la vida, densificando; lo simple hace rato se bautizó en el rito del cachivache.
Un espejo que, de pronto, deja de exhumar nuestra imagen habitual. Olvidamos al TEG de la supervivencia y tomamos el fruto entre las manos. Nuestra mandíbula de rata se entierra en la naranja, el jugo cae, escurriéndose entre nuestras branquias inferiores, se agolpa en el pelaje amarronado y en almíbar se transforma. Escupimos la pulpa del mundo en el plato, la diseccionamos con bisturí y la aplastamos inclinando el pulgar, inflando el pecho, sonriendo de costado, asumiendo que tan sólo nosotros, los sórdidos hermanitos del mono, tuvimos la capacidad de haber cometido tal infamia.



