miércoles, 15 de mayo de 2013

Sobre la libertad




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 I - [Hierbas]


Oía crecer las hierbas y el pasto.
Las hojas decían, gritaban,

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"Todo eso que no dimos.
Todo eso que perdimos.
Nos hace hoy".
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Y, hube de responderles, entonces,

Quiero que me abracen todas esas ramas,
¡Esas que ya no están!

Todas.
¡Todas ellas!
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II - [Rejas]

Y, las rejas crecen.

Todas, ¡todas ellas!

Las barreras humanas se extienden. En barro de metal, se erigen.
Y, moldeadas son, por las manos que luego habrán de encadenarse a ellas

¡El presagio fue aquel encierro! 
Aquel, el del primer pájaro que hubo de confinarse dentro de una jaula improvisada.

Luego, los animales más grandes sufrieron el mismo (mal) trato.  Empujar a personas detrás de los barrotes, fue un trámite del tiempo. Y, hoy día, el paso antes del acantilado: encerrarnos a nosotros mismos.

Encerrarnos por miedo.
O, por algo así.
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III - [Alas]

Y, ¡qué difícil hemos vuelto el ser libre! Ya no sabemos bien, qué significa aquello.

¿Qué significa aquello?
Nos han cortado las alas desde niños.

Y, cuando ellas vuelven a brotar por encima de nuestra piel, efectuamos el acto inerte, eso que nos han enseñado desde amebitas humanas: nos cortamos las alas, ¡nosotros mismos lo hacemos!

Como las uñas, como el pelo; tomamos una tijera, un buen pretexto, un sentido común o un cuchillo tramontina, y seccionamos los brotes con urgencia. Volcamos los restos en una bolsa de plástico, que luego acomodamos junto a toda la basura que hemos generado durante el día.
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IV - [Manifesto]



Soy la luz, que juega entre las sombras.

Soy la luz que juega entre la dureza
de un mundo que hemos construido
a lijazos.
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miércoles, 20 de marzo de 2013

Niña Camboya




"Los pájaros perdidos del verano vienen a mi ventana a cantar
y parten volando."
-R.Tagore-


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Entre las fauces de lo que no existía, una niña corría con ligereza.

Daba pequeños saltos, que combinaba con otros más largos. Se divertía, entre lo inanimado, entre lo inexistente. Bebía de las aguas de los lagos infinitos.

La niña corría hasta agotarse, lo hacía hasta desplomarse sobre el suelo. Dormía entonces profundamente aquel sueño eterno de lo que no tiene tiempo.

Apretaba los labios. Un gesto de apertura buscaba abrirlos, pero no llegaban a hacerlo.  
 Dormía, abría los ojos durante unos segundos
y los volvía a cerrar.

La niña creció en soledad junto a la orilla de los lagos del cielo. Se convirtió en una gran bailarina, versada en danzas alongadas que duraban varias horas. Unos años pasaron y ella se volvió una diosa muy hermosa, que sólo pocos podían ver. La tierra y el espacio no existían, tampoco el tiempo: eran tiempos de dioses.

Uno de aquellos, uno de los dioses nagas -llamémosle,  Naga-, se enamoró de ella perdidamente; eran tiempos de amores intensos. La niña Camboya –así era su nombre- se divertía bailando por entre las aguas mientras él la observaba por detrás de las grandes rocas, las montañas celestiales de un solo trozo. Camboya no lo miraba, ni sentía su presencia: su hábito de la soledad no le permitía considerar a los otros dioses y diosas. Ella era su único mundo.

El dios buscó el encuentro con la niña, pero no fue posible. Bailando, ella saltaba hacia otros pastos. Se alejaba dando vueltas en el aire o se sumergía en las aguas profundas mediante un salto descendente. Naga resolvió entonces provocar un suceso que la obligara a considerarlo; había tomado una decisión: cambiaría el paisaje cotidiano de Camboya,

¡Eso la hará saber que existo!,

Decidió beberse toda el agua del lugar. Abrió la boca y su mandíbula tomó una extensión inconmensurable. El líquido comenzó a caer entre sus dientes y su lengua. La glotis permitía el paso de las aguas hacia dentro del cuerpo de Naga. Camboya –que estaba bailando entonces por debajo del agua- sintió cómo emergía a su alrededor un lugar que desconocía. Detuvo su baile por primera vez y observó, entre la tierra que acaba de emerger, a un hinchado Naga e hizo un gesto de extrañeza.

Junto a la tierra nació el tiempo.
El tiempo de todos nosotros.

La tierra recién nacida era un lugar solitario, Camboya se sintió a gusto. Estiró sus pies y piernas antes de volver a comenzar. Extendió sus brazos y tomó su largo cabello entre sus manos. La tierra pareció crujir frente al primer salto de la diosa.

Naga, entonces, vio a la niña alejarse.
Naga gritó, con el estómago colmado de líquido,

¡Niña Camboya, aquí estoy!
¡Ven a buscarme!

¡Niña Camboya!, vos dejás rastros
y los rastros te dejan
a vos.
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miércoles, 16 de enero de 2013

Maite y un atardecer







(…)

II

¿Cómo decirle que soy una fruta madurando?


Que todavía me falta para jugo.
Que si ella es jugo, está bien.
Que aquello, quizás no se elige.





Que podemos equivocarnos.
Que podemos volver a intentarlo.
Que podemos no volver a vernos jamás.


Que todo es tan efímero y hermoso.

Que aquello que nos volvía eternos, es lo que nos mata finalmente.

Que todo se vuelve dolor, aunque busquemos, con todo el corazón, no crearlo.

Que el verbo ser y estar no son lo mismo.
Que puede emerger el ser y  no el estar.
Que, quizás cuando sea el momento, ella ya no esté: que quizás sea el estar, sin el ser.

Que, tengo miedo de perderla, finalmente.
Que tengo que aprender de ese miedo.

Que no puedo hacer otra cosa que actuar según lo que siento, aunque el miedo aparezca por las mañanas.  
Por las tardes y las noches.
Que no puedo hacer otra cosa que hacer lo que siento, aunque quizás no haya más que un adiós.

Que, aunque el dolor nazca de la sinceridad, duele igual.
Que el dolor que nace de un acto sincero, puede irse con el tiempo.

Que la sinceridad es una forma de amor. Una forma de amor tan hermosa.

Que si es verdad que para amar hay que dejar libre, nunca me dolieron tanto las alas.

(…)



Atardecer,

Cuando era pequeño fantaseaba con alcanzar el atardecer, corriendo hasta él.
Así, pensaba entonces, siempre tendría sol, ¡siempre habría de ser iluminado por él!

Pero, somos humanos. Y las piernas se cansan.

Y, el sol, nos acompaña un instante. Y después se va.

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