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miércoles, 16 de enero de 2013

Maite y un atardecer







(…)

II

¿Cómo decirle que soy una fruta madurando?


Que todavía me falta para jugo.
Que si ella es jugo, está bien.
Que aquello, quizás no se elige.





Que podemos equivocarnos.
Que podemos volver a intentarlo.
Que podemos no volver a vernos jamás.


Que todo es tan efímero y hermoso.

Que aquello que nos volvía eternos, es lo que nos mata finalmente.

Que todo se vuelve dolor, aunque busquemos, con todo el corazón, no crearlo.

Que el verbo ser y estar no son lo mismo.
Que puede emerger el ser y  no el estar.
Que, quizás cuando sea el momento, ella ya no esté: que quizás sea el estar, sin el ser.

Que, tengo miedo de perderla, finalmente.
Que tengo que aprender de ese miedo.

Que no puedo hacer otra cosa que actuar según lo que siento, aunque el miedo aparezca por las mañanas.  
Por las tardes y las noches.
Que no puedo hacer otra cosa que hacer lo que siento, aunque quizás no haya más que un adiós.

Que, aunque el dolor nazca de la sinceridad, duele igual.
Que el dolor que nace de un acto sincero, puede irse con el tiempo.

Que la sinceridad es una forma de amor. Una forma de amor tan hermosa.

Que si es verdad que para amar hay que dejar libre, nunca me dolieron tanto las alas.

(…)



Atardecer,

Cuando era pequeño fantaseaba con alcanzar el atardecer, corriendo hasta él.
Así, pensaba entonces, siempre tendría sol, ¡siempre habría de ser iluminado por él!

Pero, somos humanos. Y las piernas se cansan.

Y, el sol, nos acompaña un instante. Y después se va.

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lunes, 4 de febrero de 2008

Y un día, volviste con el sol

Un día volviste, miraste al sol y nada había cambiado.

Mirando por la ventanilla durante la ida, no podía dejar de pedirle al sol que me iluminara con mayor calor los caminos que debía circular. Intentaba que Ra/Inti me dijera qué esquinas tocar.

Y así, pisé ese suelo de otro color, con las esperanzas renovadas de que por fin encontraría ese motivo por el cual cambiar mi vida. Recorrí playas, montañas y sueñitos diversos. Mordí el polvo, nadé en aguas dulces y heladas, toqué la nieve, respiré aire tan puro como el cielo.

El silencio hacía eco en mi cabeza; siempre seguía siendo yo, siempre ese bichito de ciudad monitoreado por la Secretaría de Turismo local, a pesar de que me metiera por senderitos inhóspitos. La naturaleza me invitaba a quedarme, me prometió un amor en las alturas, pero sólo pudo darme unos cariños que ahora extraño.

Esperaba encontrarme con la princesa de mi vida, que nos miráramos y sólo nosotros lo supiéramos. Añoraba encontrar un cartel que me invitara a tomar un trabajo prometedor lejos de la urbe. Soñé con dejar de ser yo.

Fue sólo un sueño. Conocí lugares hermosos y gente interesante, me enamoré de ojitos a los que no supe hablarles. Seguía siendo yo.

A la vuelta pisé el cemento y miré hacia el sol: -"No puedo echarte la culpa, mi amigo"- le dije.
En ese momento se nubló, una tibia garúa cayó en Retiro. El sol supo llorar lo que no supe aprovechar.