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martes, 8 de octubre de 2013

Harás llover



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Ninguna palabra es aleatoria.
Toda palabra abre un mundo posible.

Y, de alguna manera se abrió entre nosotros.
Un instante mágico, en el quiebre de lo previsto.


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Y, la recuerdo entre las telas de una carpa azul.
Bailando hacia el cielo de la noche.
La luna llena en su espalda, que se traslucía por la tela.

El pelo suelto, largo hasta la mitad de su espalda.
Jugando entre sombras.

Un coro de ranas, cantando al calor.
Recitándole a la luna.

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Afuera, el rocío frío.
El afuera siempre existe.

Ella me busca, como el viento de la tarde antes de que caiga el sol.
Antes de la oscuridad, del ocaso de nuestra historia, nos abrazamos.

Y, no recuerdo nada más que sus ojos.
Mirándome de cerca.

Sus ojos marrones.
Mirándome de cerca.

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No esperes. 
No hay nada que esperar.

Es que, ¿las historias -alguna de ellas, siquiera- siguen existiendo?

Los objetos no existen. Son nuestras manos, nuestros ojos, tocándolos.
Los objetos existen. Seguirán allí, aún cuando nos alejemos para siempre de ellos.

No soportamos la finitud.
Ella sigue existiendo.
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La vida son los detalles, sí.

Y, la vida de los todos aquellos que pensamos conocer,  esconden, como un eclipse, sombras impensadas.

Uno hace lo que debe hacer. Lo demás, poco importa.
Uno hace lo que siente hacer.
Lo demás, poco.
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miércoles, 20 de marzo de 2013

Niña Camboya




"Los pájaros perdidos del verano vienen a mi ventana a cantar
y parten volando."
-R.Tagore-


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Entre las fauces de lo que no existía, una niña corría con ligereza.

Daba pequeños saltos, que combinaba con otros más largos. Se divertía, entre lo inanimado, entre lo inexistente. Bebía de las aguas de los lagos infinitos.

La niña corría hasta agotarse, lo hacía hasta desplomarse sobre el suelo. Dormía entonces profundamente aquel sueño eterno de lo que no tiene tiempo.

Apretaba los labios. Un gesto de apertura buscaba abrirlos, pero no llegaban a hacerlo.  
 Dormía, abría los ojos durante unos segundos
y los volvía a cerrar.

La niña creció en soledad junto a la orilla de los lagos del cielo. Se convirtió en una gran bailarina, versada en danzas alongadas que duraban varias horas. Unos años pasaron y ella se volvió una diosa muy hermosa, que sólo pocos podían ver. La tierra y el espacio no existían, tampoco el tiempo: eran tiempos de dioses.

Uno de aquellos, uno de los dioses nagas -llamémosle,  Naga-, se enamoró de ella perdidamente; eran tiempos de amores intensos. La niña Camboya –así era su nombre- se divertía bailando por entre las aguas mientras él la observaba por detrás de las grandes rocas, las montañas celestiales de un solo trozo. Camboya no lo miraba, ni sentía su presencia: su hábito de la soledad no le permitía considerar a los otros dioses y diosas. Ella era su único mundo.

El dios buscó el encuentro con la niña, pero no fue posible. Bailando, ella saltaba hacia otros pastos. Se alejaba dando vueltas en el aire o se sumergía en las aguas profundas mediante un salto descendente. Naga resolvió entonces provocar un suceso que la obligara a considerarlo; había tomado una decisión: cambiaría el paisaje cotidiano de Camboya,

¡Eso la hará saber que existo!,

Decidió beberse toda el agua del lugar. Abrió la boca y su mandíbula tomó una extensión inconmensurable. El líquido comenzó a caer entre sus dientes y su lengua. La glotis permitía el paso de las aguas hacia dentro del cuerpo de Naga. Camboya –que estaba bailando entonces por debajo del agua- sintió cómo emergía a su alrededor un lugar que desconocía. Detuvo su baile por primera vez y observó, entre la tierra que acaba de emerger, a un hinchado Naga e hizo un gesto de extrañeza.

Junto a la tierra nació el tiempo.
El tiempo de todos nosotros.

La tierra recién nacida era un lugar solitario, Camboya se sintió a gusto. Estiró sus pies y piernas antes de volver a comenzar. Extendió sus brazos y tomó su largo cabello entre sus manos. La tierra pareció crujir frente al primer salto de la diosa.

Naga, entonces, vio a la niña alejarse.
Naga gritó, con el estómago colmado de líquido,

¡Niña Camboya, aquí estoy!
¡Ven a buscarme!

¡Niña Camboya!, vos dejás rastros
y los rastros te dejan
a vos.
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lunes, 6 de agosto de 2012

Livorno


 
Nada es real
[Hasta que así lo volvés]



I

El principio es con los dioses, porque todo necesita un origen.
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Y, toda relación necesita su génesis, su mito de iniciación: que “se pelearon durante años”, que “ella siempre lo amó en secreto”, que “él era odiado por su padre”, que “estaban de novios con otras personas, pero soñaban sólo con su encuentro”. Aquellas historias, de todo tipo y color.

Buscamos siempre un cuento hermoso. Buscamos algún dios profano que nos salve de lo insalvable de lo cotidiano. Vivimos de las historias que nos han contado y de las que nos contamos a nosotros mismos, cuando cae la noche.


II

Hubo una vez que los pescadores eran los únicos que poblaban aquella tierra. El aroma al pescado fresco convivió luego con los gritos de los comerciantes y los bolsillos de los burgueses. El puerto de Livorno fue un botín indispensable en la segunda injuria mundial.

Un hombre, un sobreviviente, un mendigo hoy desplomado sobre la vereda de la calle principal de la ciudad. Dicen que es heredero del primer pescador que la tierra toscana dio. Yo creo en aquella historia. El vagabundo balbucea al que pueda escucharlo: “Torpes son como los peces, cuanto más se resisten más se clava el anzuelo en su carne”.

Yo creo en esa historia.



III

Ese largo trabajo, inconmensurable. Esa labor, el borrar aquellas ideas venenosas de la mente de los hombres. Hacer callar esas voces perversas que aúllan desde los libros escritos por la herejía,
---Oh, ¡ese arte de adoctrinar infantes!---
---Oh, ¡que destreza en hacer morir lo que quizás nazca!---
Una vuelta de llave al cerrojo. Las cadenas siguen en su lugar.
Providencia al rey de reyes.



IV

No idolatres.
No idolatres al dinero, ni a las cosas. Tampoco a las personas.
No idolatres a lo que, te han dicho, tenés que idolatrar.
Rompé el friso.
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viernes, 23 de diciembre de 2011

Las muertes efímeras de aquellos que no cesan de vivir





 
 
No sentían, sus pies, cansancio alguno. El largo trayecto de caminata consumado por la procesión había sido agotador, pero su cuerpo estaba habituado a los esfuerzos agudos. Se separó del grupo de monjes que lo acompañaba y se subió a un automóvil junto a dos de sus hermanos. Su cuerpo parecía muy pequeño allí dentro, envuelto en aquel paquete metálico. El coche surcó las calles irregulares de Saigón tomando un camino que él no conocía. Thich -así se llamaba- miraba fijamente hacia el frente. Thich veía sin mirar. Bajó la mirada y observó sus palmas y muñecas: He hecho lo que he podido hacer -se dijo-, he hecho lo que he podido –se dijo, otra vez-. 


El sol se apoyaba sobre el edificio de la embajada y dificultaba la vista al avanzar sobre la acera. Al llegar al destino previsto, el coche se detuvo con dificultad -era un auto elegante, pero el uso constante lo había estropeado bastante-. Uno de los hermanos de Thich abrió la puerta con fuerza y fue el primero en bajar del coche, lo hizo con una pequeña almohada en sus manos; eligió un sitio adecuado para acomodarla sobre el cemento. El otro hermano, abrió entonces el baúl y de allí sacó un bidón colmado de nafta negra.

Thich fue el último en bajar del auto, lo hizo dejando la puerta abierta. Avanzó hacia la almohada, con pasos lentos y pausados. Sonrió a sus hermanos, que se alejaron unos pasos, en respuesta a su gesto. Thich se sentó entonces sobre la almohada, dibujando la posición del loto: las rodillas mirando hacia el suelo, el pecho erguido, la cabeza acariciando el cielo, las manos trazando su mudra. Sus hermanos vaciaron el bidón sobre el cuerpo y cabeza del monje sentado, hasta la última gota vaciaron aquel bidón.

Manteniendo la perfección del loto, Thich recitó con una voz gruesa -“Nam Mô A Di Đà Phật”-. Encendió un fósforo, arrastrando la cresta del palillo de madera por encima del cemento y se lo arrojó sobre su cuerpo;  Thich pensaba en sus hermanos, pensaba en todos aquellos que no estaban allí físicamente. -“Nam Mô A Di Đà Phật”- dijo de nuevo, mientras el fuego masticaba su ropa y su carne se ennegrecía en las fauces de las llamas. No volvió a mover un músculo. No volvió a pronunciar sonido alguno.

Muchas personas se habían agolpado a su alrededor. Algunos sollozaban, otros rezaban; los avezados clamaban al cielo con todos sus brazos, preguntándose qué dioses habrían de poder apagar aquellos fuegos. Hubo un eclipse de humanidad: todos los hombres y todas las mujeres murieron un poco, ese día.

Lo presente y lo atemporal se habían tocado. El sol dejó paso, entonces, a un rocío fugaz. Arribó la calma de la lluvia. Cuando todos los humanos callan. Cuando, de pronto, ya no hay más nada por decir.

sábado, 13 de noviembre de 2010


  http://www.youtube.com/watch?v=-g41w-Xvb1Y   
           

              
              I

     - Señoras y señores, ustedes van a morir -

Saqué los ojos del libro que entre mis manos había posado con cuidado, procurando que ella viera el título en la portada. Miré con extrañeza al viejo que hace un pucho había subido con dificultad los peldaños del colectivo.

-          Sí, así va a ser- enfatizó el viejo, frente a la mirada de los pasajeros, que no parecían creerle demasiado.

-          Bajate, viejo- masticó el chofer, pisando el freno con ganas, al unísono. El bondi se detuvo.

Ella tocó mi mano. – Tiene razón – agregó, en mi oído. Rió por lo bajo, una carcajadita tímida y desinflada, casi sin aire. Se deshilachaba al contacto con el oxígeno.



                                   II

Una vez, escribí mi destino con una birome. Lo hice de una manera acabada, intenté hacerlo lo más atractivo posible, “esto va a estar un buen rato ahí delante, más vale que esté bueno” pensé.
Recorte el papel de una forma innovadora, no quería un destino cuadrado o rectangular, previsible, comuncito. Lo enmarqué, entonces. Le puse una superficie vidriada por encima, busqué protegerlo del polvo y esas cosas. Lo colgué en mi habitación.

El sol fue lamiendo la tinta, lentamente. No sé si lo saben –yo no lo sabía aquella vez- que la tintura de la birome va muriendo con el tiempo a una cruel velocidad. Ya no escribo mi destino con birome.

 Ya no escribo, mi destino.


                                  III

Luciana es una chica de mi barrio. Cuando era una nena, me contó una vez, fue al parque con su vieja recién divorciada- sus padres hubieron de estrenar el divorcio con la misma sonrisa que ella su vestido verde, me dijo aquella vez-.

Para ese entonces, su madre tenía la cabeza, las tripas, el corazón, quien sabe dónde. La mamá miraba a su hija con los ojos vacíos, mientras Luciana caminaba solitaria junto al lago. Por ahí iba a los saltos cuando se  topó con un montoncito de algo, sobre el empedrado del camino.

Se agachó sobre sus rodillas y tocó el montoncito con un dedo, intentando revolver un poco ese misterio. Hizo a un lado, con el índice, un pedazo de ese algo, ennegrecido y húmedo. La cabeza del pequeño patito se corrió hacia la izquierda, haciendo un sonido espantoso cuando tocó el suelo, como cuando entre los dedos se aprieta un trozo de papel mojado. Luciana lloró. Lloró mucho durante un largo tiempo, me dijo esa vez.

Dicen que cuando Luciana ama abre su pecho en dos, para que uno acaricie con los dedos esa grieta en su piel, la herida que aún no cierra, la cabeza del patito que asoma desde la aurícula. Cuando ama, dicen, lame las lágrimas que aún nos restan en el rostro. Sólo así puede recordar cómo era eso de llorar.