lunes, 15 de julio de 2013

Ärboles



 
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I – [Estaciones]

En otoño, los árboles pierden sus hojas.


Las pierden, porque sacan de ellas toda su energía. La guardan, la reservan para soportar el frío invierno. Estar flaquitos durante los meses ventosos también los ayuda: la superficie de choque para con el viento helado es menor. En otoño, los árboles se despojan de lo innecesario, mantienen sólo aquello indispensable.

Invierno, es el silencio. El cerrar los ojos. Respirar.

La primavera es la explosión del aroma, del sabor, de la textura y el color. La energía reservada en el otoño y macerada durante el invierno estalla por fin. Es el momento de las flores, el polen, el amor trans-especie. Las yemas de las plantas (y las nuestras) se hinchan; la circulación de la sabia es a raudales (en ellas, en nosotros).

El verano es el fruto. Es el trabajo recompensado. Es la semilla que dormirá en el suelo. Es la planta que brotará del terruño.

El otoño tocará, entonces, a la puerta. Nos pedirá las hojas.
Se las daremos.
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II – [Tala]

Lo recuerdo: era una arbolada grande, enorme, en las inmediaciones de la selva.

Se desmontaron los árboles más pequeños. Sólo se dejaron los grandes, con buena sombra. Sólo sobrevivieron a la tala aquellos funcionales a los deseos del humano.

Pero, en la primera tormenta que azotó al campo humanizado, todos los árboles que restaban cayeron de un plumazo. Al no tener la protección de sus hermanos descabezados, al no tener la protección de la selva, los árboles no pudieron mantenerse en pie y cayeron como piezas vacías de un dominó.

Lo recuerdo.
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III – [Niñas y niños y niñas]


Niña, niño:

Si estás dividido de tu cuerpo, también habrás de estarlo del cuerpo del mundo.
Su cuerpo –¡tu cuerpo!- , entonces aparecerá como otro distinto de vos. 

Separado de vos.

En lugar de vivir un continuo -al que pertenecés- lo vivenciarás como algo ajeno:

“¡Esas ramas no son tuyas!, y
   el tronco está hecho de hollín y ceniza, y
  ¡la madera sólo sirve para hacer muebles o aserrín!, y
  los bosques son insumos.”

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El humano se ha secado.
Lo han talado.
Lo hemos
permitido
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lunes, 17 de junio de 2013

El secreto del tiempo [primera parte]




I

En la antigua China -en tiempos en que occidente era un caldero a medio hervir- el emperador oriental guardaba un secreto. Lo tenía escrito en un papel de arroz, que guardaba en su caja de objetos divinos, doblado cuidadosamente en pequeños cuadrados que iban superponiéndose hasta formar sólo uno del tamaño de una palma, un cuadrado de unos cuantos centímetros de altura.

Su contenido era un misterio, aún para los cortesanos más cercanos. Uno de aquellos nobles regordetes de buena vida era, además de rico, bastante ambicioso. Se decía a sí mismo todas las noches,

¡La moral del reino no existe ya,
se necesita de un reformador,
y ese gran hombre, yo habré de ser!

Aquel noble, de nombre hoy impronunciable, quería ser emperador. Quería dominar los cuerpos y espíritus del mundo, quería bañarlos en su jugo de bondad. Presentía que en aquel papel misterioso, encontraría un camino a su objetivo.

Luego de un banquete en el palacio imperial, cuando todos los invitados se retiraban, se escondió por entre las vetas de los muros. Esperó pacientemente su instante, como en un trance. En aquellos bailes cósmicos, el momento de salir a escena es el relámpago cuando en la carne se asienta la decisión.

Se acercó entonces a la recámara del emperador y abrió la pequeña cajita, que identificó sin problemas. Abrió con cuidado, los trocitos del papel de arroz. En voz alta, leyó,

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“Tú, que has sido investido con las ropas del hijo del emperador celeste,
de manera temporal y efímera.

Esto, emperador de la China, debes saber:
sólo el que controla la campana y el tambor del templo,
¡sólo tú!, puedes controlar al tiempo.
Y, ese es tu gran poder…
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El noble sentía la sangre hervir. Había comprendido cómo dominar a los hombres y al tiempo. Siguió leyendo entonces,
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miércoles, 15 de mayo de 2013

Sobre la libertad




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 I - [Hierbas]


Oía crecer las hierbas y el pasto.
Las hojas decían, gritaban,

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"Todo eso que no dimos.
Todo eso que perdimos.
Nos hace hoy".
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Y, hube de responderles, entonces,

Quiero que me abracen todas esas ramas,
¡Esas que ya no están!

Todas.
¡Todas ellas!
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II - [Rejas]

Y, las rejas crecen.

Todas, ¡todas ellas!

Las barreras humanas se extienden. En barro de metal, se erigen.
Y, moldeadas son, por las manos que luego habrán de encadenarse a ellas

¡El presagio fue aquel encierro! 
Aquel, el del primer pájaro que hubo de confinarse dentro de una jaula improvisada.

Luego, los animales más grandes sufrieron el mismo (mal) trato.  Empujar a personas detrás de los barrotes, fue un trámite del tiempo. Y, hoy día, el paso antes del acantilado: encerrarnos a nosotros mismos.

Encerrarnos por miedo.
O, por algo así.
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III - [Alas]

Y, ¡qué difícil hemos vuelto el ser libre! Ya no sabemos bien, qué significa aquello.

¿Qué significa aquello?
Nos han cortado las alas desde niños.

Y, cuando ellas vuelven a brotar por encima de nuestra piel, efectuamos el acto inerte, eso que nos han enseñado desde amebitas humanas: nos cortamos las alas, ¡nosotros mismos lo hacemos!

Como las uñas, como el pelo; tomamos una tijera, un buen pretexto, un sentido común o un cuchillo tramontina, y seccionamos los brotes con urgencia. Volcamos los restos en una bolsa de plástico, que luego acomodamos junto a toda la basura que hemos generado durante el día.
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IV - [Manifesto]



Soy la luz, que juega entre las sombras.

Soy la luz que juega entre la dureza
de un mundo que hemos construido
a lijazos.
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miércoles, 20 de marzo de 2013

Niña Camboya




"Los pájaros perdidos del verano vienen a mi ventana a cantar
y parten volando."
-R.Tagore-


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Entre las fauces de lo que no existía, una niña corría con ligereza.

Daba pequeños saltos, que combinaba con otros más largos. Se divertía, entre lo inanimado, entre lo inexistente. Bebía de las aguas de los lagos infinitos.

La niña corría hasta agotarse, lo hacía hasta desplomarse sobre el suelo. Dormía entonces profundamente aquel sueño eterno de lo que no tiene tiempo.

Apretaba los labios. Un gesto de apertura buscaba abrirlos, pero no llegaban a hacerlo.  
 Dormía, abría los ojos durante unos segundos
y los volvía a cerrar.

La niña creció en soledad junto a la orilla de los lagos del cielo. Se convirtió en una gran bailarina, versada en danzas alongadas que duraban varias horas. Unos años pasaron y ella se volvió una diosa muy hermosa, que sólo pocos podían ver. La tierra y el espacio no existían, tampoco el tiempo: eran tiempos de dioses.

Uno de aquellos, uno de los dioses nagas -llamémosle,  Naga-, se enamoró de ella perdidamente; eran tiempos de amores intensos. La niña Camboya –así era su nombre- se divertía bailando por entre las aguas mientras él la observaba por detrás de las grandes rocas, las montañas celestiales de un solo trozo. Camboya no lo miraba, ni sentía su presencia: su hábito de la soledad no le permitía considerar a los otros dioses y diosas. Ella era su único mundo.

El dios buscó el encuentro con la niña, pero no fue posible. Bailando, ella saltaba hacia otros pastos. Se alejaba dando vueltas en el aire o se sumergía en las aguas profundas mediante un salto descendente. Naga resolvió entonces provocar un suceso que la obligara a considerarlo; había tomado una decisión: cambiaría el paisaje cotidiano de Camboya,

¡Eso la hará saber que existo!,

Decidió beberse toda el agua del lugar. Abrió la boca y su mandíbula tomó una extensión inconmensurable. El líquido comenzó a caer entre sus dientes y su lengua. La glotis permitía el paso de las aguas hacia dentro del cuerpo de Naga. Camboya –que estaba bailando entonces por debajo del agua- sintió cómo emergía a su alrededor un lugar que desconocía. Detuvo su baile por primera vez y observó, entre la tierra que acaba de emerger, a un hinchado Naga e hizo un gesto de extrañeza.

Junto a la tierra nació el tiempo.
El tiempo de todos nosotros.

La tierra recién nacida era un lugar solitario, Camboya se sintió a gusto. Estiró sus pies y piernas antes de volver a comenzar. Extendió sus brazos y tomó su largo cabello entre sus manos. La tierra pareció crujir frente al primer salto de la diosa.

Naga, entonces, vio a la niña alejarse.
Naga gritó, con el estómago colmado de líquido,

¡Niña Camboya, aquí estoy!
¡Ven a buscarme!

¡Niña Camboya!, vos dejás rastros
y los rastros te dejan
a vos.
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