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lunes, 17 de junio de 2013

El secreto del tiempo [primera parte]




I

En la antigua China -en tiempos en que occidente era un caldero a medio hervir- el emperador oriental guardaba un secreto. Lo tenía escrito en un papel de arroz, que guardaba en su caja de objetos divinos, doblado cuidadosamente en pequeños cuadrados que iban superponiéndose hasta formar sólo uno del tamaño de una palma, un cuadrado de unos cuantos centímetros de altura.

Su contenido era un misterio, aún para los cortesanos más cercanos. Uno de aquellos nobles regordetes de buena vida era, además de rico, bastante ambicioso. Se decía a sí mismo todas las noches,

¡La moral del reino no existe ya,
se necesita de un reformador,
y ese gran hombre, yo habré de ser!

Aquel noble, de nombre hoy impronunciable, quería ser emperador. Quería dominar los cuerpos y espíritus del mundo, quería bañarlos en su jugo de bondad. Presentía que en aquel papel misterioso, encontraría un camino a su objetivo.

Luego de un banquete en el palacio imperial, cuando todos los invitados se retiraban, se escondió por entre las vetas de los muros. Esperó pacientemente su instante, como en un trance. En aquellos bailes cósmicos, el momento de salir a escena es el relámpago cuando en la carne se asienta la decisión.

Se acercó entonces a la recámara del emperador y abrió la pequeña cajita, que identificó sin problemas. Abrió con cuidado, los trocitos del papel de arroz. En voz alta, leyó,

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“Tú, que has sido investido con las ropas del hijo del emperador celeste,
de manera temporal y efímera.

Esto, emperador de la China, debes saber:
sólo el que controla la campana y el tambor del templo,
¡sólo tú!, puedes controlar al tiempo.
Y, ese es tu gran poder…
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El noble sentía la sangre hervir. Había comprendido cómo dominar a los hombres y al tiempo. Siguió leyendo entonces,
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viernes, 28 de septiembre de 2012

Sobre la vida y la muerte y la vida


Las aguas del goce,
desbordaron los diques
y brotaron de mis ojos
[Basavanna]
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http://youtu.be/ETYQX4qbNas

  
 

I

Hace no mucho, el alcalde de un pequeño pueblo al sur de Italia prohibió a sus habitantes el poder morir. Montado sobre una tarima de madera, el funcionario gritó, una tarde de verano,

¡En este pueblo, de ahora en adelante
prohibido está morir!
No será permitido, de ahora en más,
cruzar el límite de la vida terrena para ir al más allá.
¡Nuestro pueblo necesita trabajar más y morir menos!

Morir, entonces, en aquel pequeño poblado, fue similar a robar o asesinar.
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Morir, era un acto de ilegalidad.
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II

Aquellos fragmentos de existencia, tan nimios, tan pequeños y difusos que nos rompen la mandíbula clavada al cráneo. Pensamos que sólo arde el calor del fuego o la hornalla de la cocina. Pero, el frío también quema la piel, aunque de una manera disímil. Se vuelve necesario comprender aquellas formas diferentes de arder.

Pero, ¿dónde se encuentra la manera, el camino para soportar la idea de la extinción permanente de uno mismo, de la carne y los gusanos, del olvido inevitable?

¿A cuántas personas ya has visto por última vez?

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III

Los niños prematuros, en contadas ocasiones, nacen sin latidos del corazón. Llegan a la existencia sin frecuencia cardíaca ni respiratoria. Por ello, se los deja en observación unas horas en una habitación cálida, para que surja, quizás, una respuesta automática del cuerpo. Una señal de vida, un asomo de la vida que los humanos sabemos identificar.

Se espera con sigilo, en silencio. No se sabe si ha nacido alguien con vida, o si la vida apenas comenzó en un cuerpo que ya no es aquel. Algunos chistan a los que se acercan con murmullos, temerosos de no poder escuchar el susurro de un corazón que ha despertado.

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IV

Algunos han dicho que los hikikomori son muertos en vida. O, también, dicen que son vida muerta, que el sistema [léase, los hombres y mujeres que lo crean día a día] ha destrozado entre sus dientes de navaja.

Los hikikomori son jóvenes japoneses que encierran sus cuerpos en una habitación durante períodos prolongados, generalmente largos años. Los come la tristeza, no conocen la amistad. Duermen y se tumban frente al televisor durante el día. Por la noche, mueren lentamente frente a la pantalla de sus computadoras. Algunos fueron estudiantes exigentes o buenos empleados administrativos, pero hubieron de implosionar por dentro, estallando en esquirlas que se clavaron en su carne más blanda, en la matriz interna.

Algunos dicen que todos somos hikikomori, en potencia.
Es que, ¿no ves la marca de los molares, ahí, por detrás de tu espalda?

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martes, 8 de mayo de 2012

¡Nian, Nian, Nian!


 [Parte I]



Los humanos eran pequeños simios en dos pies. Cultivaban algunos tubérculos, algunos arbustos que no hubieran de requerir demasiado trabajo. Hubo, durante estos tiempos que ya se han olvidado - los tiempos en que no se contaba el tiempo – hubo una bestia que devoraba a los humanos y destruía sus tímidas cosechas tras períodos específicos.


Siempre se repetía la llegada de esta gran bestia, que emergía de la parte más oscura del mar y se arrastraba rápidamente por su superficie hasta las costas. Algunos pobladores, con el tiempo, comenzaron a pisar sus talones, seguirlo sigilosamente para idear una posible defensa. En verdad, no descubrieron protección alguna, pero sí pudieron dibujarlo en pequeños trocitos de papel hecho a mortero; pocos de esos dibujos llegaron a manos de viejos cronistas: Nian -ellos nos cuentan- tenía cuernos afilados como una espada recién labrada, su cabeza era inmensa y su cuerpo era alargado y escamado; la bestia era el fruto de la unión del dragón de los cielos lejanos y el unicornio, el caballo celestial que sólo pocos habían visto alguna vez. Los humanos, entonces, comenzaron a contar el tiempo en base al ultraje de Nian: luego de sus destrozos tendrían un año de tranquilidad – un año nuevo- hasta el próximo arribo de la bestia.


Un anciano desconocido llegó al pueblo, en la víspera de la llegada del monstruo. Los aldeanos se arrinconaban en los lugares más protegidos de sus casas. El forastero tocó todas sus puertas y habló sin parpadear: dijo que descendía de lejanos lugares, una comarca dulce en la que los demonios ya no existían; dijo que sabía cómo combatir a Nian. Los humanos le desearon buena suerte, pero con el primer rugido de la bestia fueron a refugiarse bajo las cobijas.


Pero, aquellos ruidos habituales de la noche tan temida –mordiscos y rumiadas, destrozos, el sonido de la bestia arrastrándose por el suelo y el aire- fueron interrumpidos por estruendos explosivos, acompañados por luces que entraban por las rendijas de las tablas de madera de las casas. Pero, nadie comprendía bien lo que sucedía. Los gemidos entrecortados de la bestia aumentaron la confusión de los temerosos, que -sin embargo- no se animaron a espiar lo que sucedía por debajo las estrellas. El miedo estaba encarnado en su piel, la tradición los había vuelto seres de espanto.

Y, de pronto, el silencio.