miércoles, 1 de septiembre de 2010

Escribir-te





Ya no la miro demasiado. No logro recordar bien cuando empezó a terminar.
 

Dos mazazos a la puerta, alguien quiere entrar -siempre te habrán de buscar cuando no querés ser hallado-.  Otros dos martillazos, realmente algo buscan con ansia. Hace frío. Encima, hace frío.

Me deslizo por el costado de la cama con cuidado, no quiero despertarla. Busco mi campera entre los montones de ropa desperdigados por el suelo, la encuentro por debajo del escritorio - y cómo hubo de llegar allí- al lado de unos libros, junto a unas cajas, en la esquina más alejada. Me cubro la piel con ella, me estaba escarchando sin las sábanas. Se siente bien.

Rastreo los jeans con facilidad -nunca se encuentran demasiado lejos del catre-. Por lo general, son lo último que ha de caer, como la última carta que resta en la mano. La ropa es la negación animal, el desvestirse es la renuncia pasajera en la que la civilidad se muerde los labios por un rato: -juguemos a ser animales, mujer- parece decir, -juguemos-.

Más golpes a la puerta. Otros dos.  Abrigado -humano- me siento en la punta de la cama. -Ya no la miro demasiado- pienso, observando hacia la blanca pared desvencijada. Las persianas cerrar, levantar campamento, escribir: escribir-la. La miro, entonces –hace tanto que no lo hacía- : es hermosa, si. Lo sigue siendo.

Golpes. Más. -Mierda, es verdad, la puerta-. Reboto de la cama, camino hacia ella.

-Pero la sombra, cada vez más larga es – pienso al remojar los pasos, de a uno por vez. Y hace frío, hoy hace frío.  Es que, no ocurre jamás, que no ocurra nada. Entonces, quizás, lo mejor sea plañir un poco y la puerta abrir.

-¿Quién es?- digo. 

- ¿Quién es?- repito.

lunes, 2 de agosto de 2010

De mujeres, dioses, óvalos y hombres



Todos intentamos cerrar los ovillos. No soportamos demasiado la incertidumbre de ninguna estirpe por demasiado tiempo. Inventamos historias, las memorizamos con ganas, olvidamos luego que fueron masticadas, absorbidas con un esfuerzo obligado.  Entre el gran manojo de hilos sin remendar, los que intentan responder a las relaciones entre los hombres, las mujeres y los dioses – los que han existido, los que han muerto, los que nunca habrán de hacerlo- son mis predilectas.

Cierta vez, hace no mucho, leí unas líneas sobre los Abelam, un pueblo lejano de una cultura distante, creo recordar algo sobre sus historias. La mujer tiene en sus relatos, un papel interesante: ellas, dicen los Abelam, crearon la vegetación. Con sus manos, forjaron las batatas que -luego-  habrían de comer los hombres. Si no fuera por esta gran creación femenina, los hombres nunca hubieran sido más que unos tímidos renacuajos, unos gusarapos sin techo ni establo. Un plan b de la historia universal.

Dice la historia, además, que ya desde antes de este invento horticultor, las mujeres eran hace rato las amantes de los dioses. Se perdían en orgías saduceas, interminables orgasmos sin culpas, sin horas, días ni años, seguramente el tiempo no existía aún. Pero, los tipos somos bichos celosos a veces.

Cuando los hombres descubrieron lo que sucedía, lo bien que se llevaban las minas y los dioses, usaron su cerebro alimentado a batata por primera vez creando su primer artificio, la primera de las astucias masculinas. Aprendieron en primer lugar a tajear los árboles. Luego, a tallar la madera. Cuando hubieron de dominar la técnica, comenzaron a esculpir a los dioses en los troncos. Un día, éstos se convirtieron en figuritas de madera, en monumentos de piedra, en inmensos templos estáticos. Entonces, los hombres sacaron a escobazos de la cama a los dioses y comenzaron a curtirse a sus mujeres. Se sentaron en el trono, usaron sus coronas, las capas de colores, esas cosas.

Pero, la culpa, siempre la culpa. Nada puede olvidarse completamente. Los hombres siempre habremos de nacer de una mujer, por mas esculturitas de madera que podamos realizar. Entonces, la culpa, siempre la culpa. Es recurrente en el arte abelam, casi de manera obsesiva, la figura del óvalo: se pintan en todas las superficies posibles, incluso el cuerpo, de todos los colores que se puedan imaginar. Son muchos los que dicen que el óvalo remite al vientre de la mujer, ese que da origen, ese recuerdo áspero pegoteado en las hormonas masculinas, el crimen original que nos puso al séquito de muchachos con el cetro del mundo en la mano coagulada.

viernes, 9 de julio de 2010

Toronto



- Conozco a un buen tipo cuando lo veo-

- ¿Tengo cara de buen tipo?, eso no puede ser bueno – La miraba con mesura, inclinando un poco el mentón hacia atrás, dejando ver su cuello envuelto en una barba de tres o cuatro días, que se escapaba por encima de su bufanda, un trozo de tela que bastante poco abrigaba. Sonreía, porque no tenía ganas de mostrar las plumas de ganso ultrajado.

- Se te nota, que hace tiempo perdiste la sonrisa. Pero aún veo un surco, un rastro en tus mejillas. Así como los ríos que se secan y dejan en la tierra el calado por el que una vez hubo de fluir el líquido. -

- ¿Qué?-

- Que veo tu cauce, flaco. Que una vez fuiste feliz.- suspiró profundamente por su nariz, una respiración cortita, como un cuchillo clavándose en la costra de un budín de vainilla que se desgajaba en migas lejanas. Se tiró contra el respaldo del sofá de tres plazas en el que estaban sentados. Giró su cara hacia la izquierda, para perder la vista en la televisión. Ella se desgajaba en migas lejanas, como un budín de vainilla.

- Ah, sí, feliz… – murmuró. De qué carajo está hablando. Debe querer curtir, supongo que debe querer coger. Sexo, todo es tan simple. Todos queremos eso.

- Ey - le dijo. - Julieta - . Le tocó la cara, intentó hacerlo suavemente. Me está mirando fijo, está buena, que se yo, ya fue.

La besó. Estuvieron un buen rato.

La habitación del colchón un poco más amplio, se había desocupado. Se levantaron tomándose de la mano sin muchas ganas, había que hacerlo de esa manera. Julieta le hizo un guiño a su amiga, que limpiando un vaso de cerveza con la lengua, le asintió atragantándose con el último trago de cebada. – Que mal la pasás vos, juli- le dijo gritando desde la cocina, antes de que cerraran ellos la puerta del cuarto con llave. Dos vueltas de cerrojo: clik-clak.- Listo- pensó.

Se tiraron en el sommier. Hace un tiempo que no mordían la manzana, estaban con ganas de hacerlo. Y levantó su remera, entonces. Lo hizo muy rápido, la tela se atascó por entre sus tetas. Rieron. Dejaron de reír. Él miró por encima de su cintura, con los ojos fijos en el consuelo que habría por llegar, sin pedir permiso, sin tocar el corazón. Y enterraron entonces sus cuerpos boca abajo, siguiendo aquella tradición indígena, ese relato que postulaba la más fría verdad: que sólo sepultando de esa manera los cuerpos, las almas de los difuntos liquidados no habrían de perseguir luego de cometido el crimen, a los verdugos.

Y algo así, fue.

domingo, 20 de junio de 2010

A veces no puedo con la soledad


http://www.youtube.com/watch?v=Zq2XfVu0NvY - Gracias por la frase, maestro.


-“Porque la otra vez – otra vez – no fue la nuestra”- escribió, en un pedazo de papel. Cerró los ojos. Contó unos cuantos segundos, buscando desagregar, rastrear hasta la pizca más magra de lo que hubiera de quedar de su perfume alimonado en esa mesa de madera avejentada por los años. Recordándola. Evocándola. Olvidando su materialidad, transformándola en deidad, en un espectro hermoso de largo pelo castaño, que se extendía hasta la mitad de su espalda.
.
Uno
Cinco
Trece
Quince
.
Se levantó de un salto, de la silla metálica. Desperezó entonces, la butaca, un sonido espantoso, como un llanto de hombre de lata, como un espasmo de aluminio. Sacudió unos pasos hasta el baño. Meó. Se arremangó la camisa mirándose al espejo, con tìmida, chupadita arrogancia – de paso estudio, ya que estoy en la biblioteca, estudio, si, no vine sólo por ella -.

Volvió a su asiento. Agarró uno de los tres libros que había llevado para masticar el rato. Algunas líneas había leído ya, le agregó unas cuantas más. Giraba el bocho hacia su derecha, ante cada personaje que entraba rapiñando a la sala. No era ella. No. Ella tampoco. – Que iluso, esta descomunal blasfemia del enamoramiento en esporas, las hormonas sin raigambre, mi eterna devoción a equivocarme de mujer – se dijo en voz baja. Le gustaban las palabras raras, esas que en al aire sonaban como truenos de papel.

Una piba, bastante feucha, se le sentó delante – mierda -  dijo. - Si llega a venir no va a poder sentarse enfrente mío, como la otra vez – esa vez, que no fue vez. Corrió sus libros, acomodó unos cuantos papeles, para hacerle lugar. Sonrió sin ganas. – Como te va –, le dijo.
.
.
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- Bien, me va bien – respondió.

lunes, 17 de mayo de 2010

El otro día, cuando una vez nos abrazamos.



Los ojos se abren. Siempre se abren.

Un pie, dos pies. Las rodillas y los brazos – estoy entero – pensó. Un hedor a humedad, fluidos secándose, comida agrietada, se le colaba por el hocico. Entraba rasgando la mucosa de la fosa nasal, rehén de  una circunscripción nauseabunda, putrefacta, no era un ámbito en el que se reconociera. Sin embargo, a pesar de ese círculo pútrido, cerró los ojos nuevamente, es que el cansancio vence en batallas insospechadas. Los párpados le velaron la visión como un telón que baja su terciopelo frente a un equívoco en el medio de la función.

-No, levantate – se ordenó a sí mismo.

De un salto sacó las piernas del cobijo de la frazada azulada, inmensa, que se extendía con comodidad por toda la cama. Ya sin refugio en la piel, apretó los dedos de los pies contra la losa gélida. El frío se transmitió vertiginosamente a través de su cuerpo. Cuando el congelamiento le llegó a los muslos comenzó a prolongar el ancho de sus pasos, trotó unos segundos que le parecieron eternos, la casa de Mariel era bastante grande. Antes de llegar al baño, la temperatura de su carne había bajado unos cuantos grados.

Meó de parado, sosteniéndose con una mano del botón de la mochila del inodoro y la otra apoyada en un barral blanco que estaba a su costado. El aliento gélido de los azulejos del baño le entumecía el pecho, su lengua comenzaba a escarcharse. Desnudo en un baño tan grande, tan helado.

 – No puede hacer tanto frío en esta casa de mierda

Tiró la cadena antes de que las últimas gotas salieran de su cuerpo, quería escaparse de allí. Pero algo lo contuvo, como un trance macabro, como un rito fétido, la nausea infecta de Mariel finalmente le había contaminado su sangre.  Mantuvo presionado el botón un instante eterno, con los ojos fijos en el líquido amarillo, su líquido amarillo, que se mezclaba a zarpazos con el agua nueva que entraba en la taza del sanitario. Ensuciándose, limpiándose, manchándose.

El caudal acuoso fregaba las márgenes de la taza, las vetas de lo que él había sido, de lo que él hubo y habría de ser. La potencia del caudal empujaba por el sifón a su calor y lo pateaba a la cloaca, lo acomodaba junto a todo eso, bien cerca de lo que no quiere verse jamás.

- Qué hacés ahí – preguntó ella, sonriendo

- Nada, estaba meando - le respondió . – Los ojos se abren. Siempre se abren - pensó, otra vez.

viernes, 30 de abril de 2010

Y que ningún pasado merece ser la noche del sueño que no fue




Hube de dar el pecho cuando había que sopesar al corazón en la báscula. Me equivoqué, bueno, otra vez la apoteosis habrá de ser; poneme cero al as, los dados hoy no destellan en mi tierra.

Cuando su cuerpo estaba frío, distante, me dispuse entonces sobre el suelo y medí con una regla la distancia: treinta, sesenta, noventa centímetros; tres, cinco metros, unos cuantos kilómetros; qué razón tenías morocha, lo nuestro nunca fue nuestro, el amor no puede estirarse tanto.

Un número de teléfono que pronto vas a olvidar. Sin el prefijo.

Siempre habrás de estar, de alguna manera vas a hacerlo.  Y es que aún resta lo natural, lo que de humano aún me zafa la sopa. Entre el cartílago y la carne está lo irracional, lo desquiciado, el sentimiento sin lógica. Esa hermosura, la de lo que nunca fue, la exuberancia del presente eterno, la del futuro en cuero con ella en la almohada.

Me quedo con eso, con lo único que me queda de piel, de sangre. Con la exigua inmensidad que el espejo me habrá de devolver, en monedas de a 10, de a 5 centavos. Y como no creo en las coincidencias, abro el diario y  transcribo la última frase que leí, en el diario de la jornada:

“Hay cosas que no cambian. Nos sostienen porque no cambian. O quizá es simplemente que no cambian para que no nos vengamos abajo.”
– J. Forn – Página 12 -

lunes, 12 de abril de 2010

Al tacho


Origin ---> http://www.youtube.com/watch?v=dOCZFChafOQ


Separó la mano de su cintura, mirándola a los ojos. Luego, la levantó horizontalmente, perpendicular a su cuerpo, y atinó a elevar la cabeza para indicarle al tacho que se aproximaba, que él lo estaba llamando. El taxi le hizo luces, lo había visto.





- ¿Venís conmigo, no?, le preguntó.

- No, trabajo a la tarde, no puedo - contestó, arrastrando la última vocal, transfigurándola en una “u”, masticada mediante un gesto simpático, que la hacía ver como una mujer aniñada, una nena mujer.

- Dale, vení conmigo, no creo que haya de nuevo una vez como esta – relojeó al auto bicolor, que se aproximaba lentamente.

- ¿Otro día, si?, porqué apurarnos si ya habrá otra oportunidad. Ahora me están por cambiar los horarios del laburo y así podríamos vernos más fácil, sin tener que chamuyarla tanto, no me gusta mentirle a Germán, ¿otro día, dale?

- No creo que haya otro día

- Que exagerado que sos – la sonrisa, perfecta, que antes colgaba de su tez de princesita, se volcó en una mueca vacía, como un vaso de vino que cae y mancha la inmensidad, extendiendo su mácula irremediable por encima del mantel antes diáfano, límpido.

- ¿Por qué estarías tan segura de ello? – cerró la boca e hizo ese gesto que ella tanto odiaba, ese guiño soberbio de pendejo imposible, inmaduro. Esos gestos que la hacían sentir una nena y que tanto aborrecía porque le demostraba lo ficticia que era su madurez de algodón, de lo artificial de su vida universitaria y trabajo temporal de pubertad.

- No lo sé – dijo ella, despegándole los ojos. Se aproximó taqueando al taxi que se había detenido y le dijo por la ventanilla al tachero que siguiera camino, que nadie habría de subirse al coche. El tipo insultó algo y se fue.

Ella tenía veneno, aún. No esperó a digerirlo:

- Por algo te dejó Florencia, sos un pendejo –

- ¿Qué sabés vos de Florencia, qué sabés de toda la mierda que hubo de pasar, qué sabés vos, Paula? – dio unos pasos hacia atrás, barajó tomarse el palo ahí mismo. No tenía ganas de revivir muertos, un sepelio sin salida, un domingo a la madrugada.

- Lo suficiente, sé lo suficiente – miró a sus amigas, les hizo una seña de que la esperaran, - un minuto más - , les dijo. – Perdoname, no tiene nada que ver, me zarpé, perdoname – tomó su mano y lo mordió despacio con los ojos, cómplice - Es que a veces sos tan insoportable – .

Ella lo abrazó sin demasiada fuerza. No se dijeron más nada y se tomaron las manos. Fatigados, se unieron a los demás, que los esperaban en la esquina de Scalabrini Ortiz.