Ya no la miro demasiado. No logro recordar bien cuando empezó a terminar.
Dos mazazos a la puerta, alguien quiere entrar -siempre te habrán de buscar cuando no querés ser hallado-. Otros dos martillazos, realmente algo buscan con ansia. Hace frío. Encima, hace frío.
Me deslizo por el costado de la cama con cuidado, no quiero despertarla. Busco mi campera entre los montones de ropa desperdigados por el suelo, la encuentro por debajo del escritorio - y cómo hubo de llegar allí- al lado de unos libros, junto a unas cajas, en la esquina más alejada. Me cubro la piel con ella, me estaba escarchando sin las sábanas. Se siente bien.
Rastreo los jeans con facilidad -nunca se encuentran demasiado lejos del catre-. Por lo general, son lo último que ha de caer, como la última carta que resta en la mano. La ropa es la negación animal, el desvestirse es la renuncia pasajera en la que la civilidad se muerde los labios por un rato: -juguemos a ser animales, mujer- parece decir, -juguemos-.
Más golpes a la puerta. Otros dos. Abrigado -humano- me siento en la punta de la cama. -Ya no la miro demasiado- pienso, observando hacia la blanca pared desvencijada. Las persianas cerrar, levantar campamento, escribir: escribir-la. La miro, entonces –hace tanto que no lo hacía- : es hermosa, si. Lo sigue siendo.
Golpes. Más. -Mierda, es verdad, la puerta-. Reboto de la cama, camino hacia ella.
-Pero la sombra, cada vez más larga es – pienso al remojar los pasos, de a uno por vez. Y hace frío, hoy hace frío. Es que, no ocurre jamás, que no ocurra nada. Entonces, quizás, lo mejor sea plañir un poco y la puerta abrir.
-¿Quién es?- digo.
- ¿Quién es?- repito.
- ¿Quién es?- repito.






