Cuando su cuerpo estaba frío, distante, me dispuse entonces sobre el suelo y medí con una regla la distancia: treinta, sesenta, noventa centímetros; tres, cinco metros, unos cuantos kilómetros; qué razón tenías morocha, lo nuestro nunca fue nuestro, el amor no puede estirarse tanto.
Un número de teléfono que pronto vas a olvidar. Sin el prefijo.
Siempre habrás de estar, de alguna manera vas a hacerlo. Y es que aún resta lo natural, lo que de humano aún me zafa la sopa. Entre el cartílago y la carne está lo irracional, lo desquiciado, el sentimiento sin lógica. Esa hermosura, la de lo que nunca fue, la exuberancia del presente eterno, la del futuro en cuero con ella en la almohada.
Me quedo con eso, con lo único que me queda de piel, de sangre. Con la exigua inmensidad que el espejo me habrá de devolver, en monedas de a 10, de a 5 centavos. Y como no creo en las coincidencias, abro el diario y transcribo la última frase que leí, en el diario de la jornada:
“Hay cosas que no cambian. Nos sostienen porque no cambian. O quizá es simplemente que no cambian para que no nos vengamos abajo.”
– J. Forn – Página 12 -
