miércoles, 16 de enero de 2013

Maite y un atardecer







(…)

II

¿Cómo decirle que soy una fruta madurando?


Que todavía me falta para jugo.
Que si ella es jugo, está bien.
Que aquello, quizás no se elige.





Que podemos equivocarnos.
Que podemos volver a intentarlo.
Que podemos no volver a vernos jamás.


Que todo es tan efímero y hermoso.

Que aquello que nos volvía eternos, es lo que nos mata finalmente.

Que todo se vuelve dolor, aunque busquemos, con todo el corazón, no crearlo.

Que el verbo ser y estar no son lo mismo.
Que puede emerger el ser y  no el estar.
Que, quizás cuando sea el momento, ella ya no esté: que quizás sea el estar, sin el ser.

Que, tengo miedo de perderla, finalmente.
Que tengo que aprender de ese miedo.

Que no puedo hacer otra cosa que actuar según lo que siento, aunque el miedo aparezca por las mañanas.  
Por las tardes y las noches.
Que no puedo hacer otra cosa que hacer lo que siento, aunque quizás no haya más que un adiós.

Que, aunque el dolor nazca de la sinceridad, duele igual.
Que el dolor que nace de un acto sincero, puede irse con el tiempo.

Que la sinceridad es una forma de amor. Una forma de amor tan hermosa.

Que si es verdad que para amar hay que dejar libre, nunca me dolieron tanto las alas.

(…)



Atardecer,

Cuando era pequeño fantaseaba con alcanzar el atardecer, corriendo hasta él.
Así, pensaba entonces, siempre tendría sol, ¡siempre habría de ser iluminado por él!

Pero, somos humanos. Y las piernas se cansan.

Y, el sol, nos acompaña un instante. Y después se va.

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viernes, 23 de noviembre de 2012

Aquí tengo el hilo que salva mi día





Un bramido, 
un grito,
 para no olvidarlo.













I

¿Cuántos de todos nosotros, pequeños seres de polvo, queremos, en verdad, esta vida?

Piénsenlo, en serio.

¿Habrá un porcentaje importante o, por el contrario, seremos una minoría?  Y, ¿si somos una "minoría", deberían subrayar nuestros derechos, así como lo hacen con los derechos de los indios, de los negros, de las mujeres y los niños?

Quizás, pensamos que todas las personas dibujan una aceptación de lo vivido en su rostro. O, pensamos que -al menos- lo intentan. Y, pues, nos conformamos con ese juicio.

Un día, rasgamos un poco aquel juicio improvisado; quizás todos aceptan -sí-, pero por necesidad lo hacen. Como en esos días de lluvia y humedad, en los que tenemos que frotar la mano contra el vidrio empañado del colectivo, para poder entender mínimamente en dónde estamos. Pedimos permiso al que está sentado a nuestro frente, sonreímos y quizás nos devuelven la mirada. Rasgamos la película de agua condensada e intentamos alejar del vidrio nuestro punto de vista,

"No se ve nada", nos mencionan.
"No, no se ve nada", respondemos.
Nos sonríen, quizás nos sonríen. Y bajan la mirada.

Y, una vez que creemos saber dónde estamos, calculamos en silencio y pensamos en bajarnos del colectivo luego de,
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dos-
tres-
¡cuatro!,
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paradas más.

Y, entonces, el pensar en tocar un timbre para que nos abran una puerta.

Nos acercamos al lugar indicado para el descenso y el único que grita es el timbre, atroz ironía: cuando por dentro todos gritando están en silencio, un timbre es el único que puede hablar.



II

Dentro de la caja de madera en la que guardo los utensilios para coser -hilos, agujas, telas, alfileres- también descansa una gran tijera de metal, que ocupa bastante espacio dentro la caja.

Cuando corto un retazo de tela con la gran tijera, el sonido que ella hace al morderlo se parece al graznido de un gorrión. Se asemeja al canto de un gorrión posado sobre la punta del corte.

Y, el retazo de tela se extiende hacia mi mano. Me envuelve su entramado de hilos. Somos pedacitos, trozos que algo o alguien, una vez, jugó a cortar. Soy un recorte irregular, de un ovillo deshilachado. Soy un gorrión sobre la punta del filo, soy el ave cantándole a los retazos. Soy un gorrión que se despide antes de volar.

Pero, ¡momento! Aquí tengo el hilo que salva mi día.
Tengo aquí al sol que da la luz por sobre la cual, trazo mi aguja.
Me enhebro en la luz del sol, clavo la punta sobre la cara lóbrega de la luna,
y vuelo hacia el otro lado de la tela.

-La vida son los detalles- me dijeron una vez, y lo creí.
La vida de todos aquellos que pensamos conocer, a veces esconden -como un eclipse- sombras impensadas. Detalles impensados. Cifras que niegan la ecuación.

Y, lo he aprendido, ahogado en las sombras.
Y, todo aquello que aprendo, lo grito para no olvidarlo,
¡Cualquier camino, en soledad, pesa el doble!

[Un bramido, un grito, para no olvidarlo.]

Soy un gorrión, sobre la punta de una tijera.
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