viernes, 30 de abril de 2010
Y que ningún pasado merece ser la noche del sueño que no fue
lunes, 12 de abril de 2010
Al tacho
jueves, 25 de marzo de 2010
Rinocerontes
La danza última - http://www.youtube.com/watch?v=aowSGxim_O8
“Nunca es fácil despedirse, aún cuando el azar te ha convertido en un experto en esos asuntos. Aprieto los dientes, cierro los labios con fuerza, intentando recordar lo que sucedió, pero no logro que surja nada trascendente, no llego a consumar ese algo que me haga comprender el motivo de este adiós, algo que explique esta despedida vía web. Creo que…”
Zac! Esos aromas perros que atacan como agujas. Un olor picante lo alejó de su cometida. Un morrón friéndose en aceite, el almuerzo de un vecino, lo desconcentró. Estaba faenando una relación y eso no puede llevarse a cabo con el hocico saturado de fritura. Cerró la persiana con irritación, de un tirón profundo, hasta que las rendijas entre las tablitas de madera se hicieron bien finitas, delgadas, líneas que no tardaban en extinguirse. Prendió un sahumerio violeta, veteado de negro, que había comprado en Quilmes la última vez, la vez última con ella. Esperó que la habitación se empapara del humo aromatizado con los ojos cerrados. Y recordó, finalmente recordó. Entonces, se volcó a escribir nuevamente.
- “…despedida vía web. Creo que…” – Borró las últimas dos palabritas, ya había dejado de creer en eso.
Escribió, entonces: - Sé que guardás entre tu pelo negro el porqué de este rito del adiós y también que ese pedacito desordenado es sólo tuyo, inconmensurable para mi, desde tan lejos. Al final del camino, todos somos reemplazables, sobre todo los muñequitos nuevos…”
Dejó de escribir, pero no ya por los aromas peregrinos. Le molestaba eso que había puesto, esa última frase apócrifa. Había salido de sus dedos, pero eso no era él. Se estaba convirtiendo en algo extraño, en un extraño. Se miró al espejo y observó que en el fondo de sus ojos, el iris estaba cerrándose, como la persiana de la habitación, dejando sólo algunas líneas chupadas, anémicas.
- “…lejos. Al final del camino, todos somos reemplazables, sobre todo los muñequitos nuevos…” - Borró la última frase. Borró el último párrafo. Se levantó y subió la persiana, la luz entró como una manada de rinocerontes en la habitación viciada. Escupió por la ventana, lo más lejos que pudo, y apagó la máquina sin guardar los cambios.
jueves, 11 de marzo de 2010
Una mujer con anteojos
Es así, Freddie - http://www.youtube.com/watch?v=YFwOe0EPOJsLas escaleras, espiraladas, vueltas daban hacia arriba. Peldaños genuflexos, arrodillados sobre sí mismos; pequeños saltos de rana, cortitos, podían acercarte al primer piso en unos cuantos segundos. La planta superior de la casa mostraba unos troncos finos alargados que laburaban de piso dibujando un pasillo estrecho; había además una puerta y una habitación, que no era la de él.
Algo había en su cabeza, era un atisbo que una vez hubo de estar. Era algo que habría de quedarse allí, en el bocho del muchachito, que no habría de irse. Entraron a la pieza, que rebosaba en el despilfarro de cotidianeidad de una pareja amiga. Esta parejita estaba lejos, su cama saturada de sus cosas y él, y ella, sin ropa. Antes de revolcarse, inspeccionaron las sábanas: él encontró una bombacha huérfana de una flaca, decidió que lo mejor era hacerla a un costado con cuidado, envolviéndola en una remera que descansaba en el piso de madera. Ella desparramó unos libros y unas camperas. Se desplomaron sobre la espuma de algodón cuando la superficie hubo de merecerlo.
Lo usual. Sexo, lindo sexo. Ida y vuelta. Arriba y abajo, esas cosas. Un rato antes del acabose, ella a los ojos lo miró y le dictó sentencia:
- “No me pegues, no me hables, no me olvides”- .
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El pibe acató. Dicen que se vieron ocasionalmente unas veces más. Fue una historia de vasallaje que nadie hubo de pagar. Ella malgastó un viaje, no mucho más que eso. Y él perdió, también: aprendió que la vida es, muchas veces, más que un párrafo para enmarcar.
viernes, 26 de febrero de 2010
Eco / Narciso - II
http://www.youtube.com/watch?v=P-x184UJGBM&NR=1Asimiló con el tiempo, es que todo con el tiempo se aprende, una verdad sintética, condensada en lágrimas secas, como un rocío de leche en polvo: el sentir, de vez en cuando, se asemeja a un peso nefasto en las vértebras. Pero a ella, no le importaba; a Eco no le importaba.
Esa vez, la vez que se cruzó finalmente con Narciso, llevaba puesto un vestido de una pieza, el más hermoso que jamás hubo de calzarle igual a alguien, alguna vez. Bríos de nena linda tenía, de puedelotodo, una nariz perfecta. Su cabello bien negro y desmechado. Hilo y aguja en mano, preparada para reparar el trapo de su alma apachurrada, remendarla con pedacitos de algodón, de edredón. Lo que hubiera cerca. Lo que a mano haya.
--- Hubo una vez un jovato, Zeus era su nombre, y hubo una ninfa. También hubo un amor. Eco fue una semilla embalada que brotó apresurada, que jugó a ser tallo aún dentro del capullo sólido de fibra. Hubo también una mujer y una maldición. Después del castigo que todos conocemos, ese que condenó a Eco a no poder decir más que las últimas palabras del otro, ella se barnizó con olvido el pecho, de betún color mate. Pero, más habría de lastimarla el olvido del dios que la condena. ---
Se levantó un poco el vestido, mansamente, con la punta de los dedos. Ató el extremo de la falda a un filamento de tela que colgaba de su espalda, eran de esas prendas que gustan de atarse por detrás, que se acomodan bien a los cuerpos díscolos.
Narciso era un impulso hormonal, carne de estrógeno, un pibe más, otro más. Ella era lo inefable, lo indecible. Él era el argumento de una obra que ya habían murmurado. Lo que ella tenía que decirle es que no había nada que mencionar. Que eran eso y tan solo eso: un espacio pequeño, un recorte de diario, un octavo capítulo, un instante por congelar. - “Ahora sos un hijo de puta contento, nene”- le dijo en la jeta cuajada.
Narciso sonrió con los dientes desplegados en fila y escupió un sonido chillón, una risa ahogada atascada en un estornudo que no podía arrancarse de la boca. Tenía sed, esa sed bestial que sólo el sexo despierta. Se volcó, entonces, sobre sus rodillas hacia el lago profundo, mirando el charco grande. Vió su imagen ridícula en el espejo de agua, esos dientes de publicidad de Colgate mostrando pecho, blancos, brillantes:
- Este dentífrico realmente funciona - pensó.
