Uno yerra con frecuencia. El humano infla el pecho mandril en eso de doblarse el pie con las mismas gélidas piedras, una sátira particular a toda hora. Repetimos trances, casi mantras de melancolía, abriendo y cerrando los labios sin ganas, con la lengua muriendo en el paladar, incapaz de enroscarse en su análoga de la boca vecina.
“En mí nunca la encontrarás”
La había besado un par de veces ya, la pendejita lo supo enloquecer. Él hubiera buscado el cuerpo por debajo de su vestido, ni bien ella lo pidiera. Esperaba con hambre de gol, el bálsamo de su piel de canela. Ella era una mujer licenciosa, un tesoro del placer prohibido, de esos jardines infinitos sin rejas ni alambres que no pueden tocarse. Había sido su epifanía del goce, pero Leila fue también la sobremesa de su respiración seccionada en brevísimas bocanadas de polvo e ilusiones de dióxido de carbono.
“Él debe ser la música que nunca hiciste”
La historieta del juego antropomorfo se escribe con mayúsculas de sudor, lágrimas y fluidos pegajosos, no pudiendo ser sorteada, estampando contra el tapete, nuestra animalidad con chapa de titular. Los manchones nunca tardan en aparecer los días de lluvia, el lloriqueo del chaparrón se anota con regularidad para mojar la excomunión de los dedos. Fiel a esa consigna, cogieron con garúa de fondo. Leila lo olvidó ni bien salió el sol, a las 7.45 y un puñado de segundos. Él, aún, deja vacante el cachito de amor que le guardó por debajo de la cáscara del esternón.




