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lunes, 26 de agosto de 2013

El límite es la delgada cuerda que sostiene al tablero - [1era parte]




I

La razón infinita de no tener razón.
Porque, ¡quién necesita tal cosa!


Es que, ¿es posible elegir la velocidad a la que las uñas crecen?
¿Es posible decidir sobre el peso de un sentimiento?



A veces me pregunto, si es que hemos convertido a la conciencia en esto.
Si es que somos un género de animales mentales en base a un equívoco.

A veces me pregunto, si es que podríamos ser de otra forma.



II

Como el buen jugador de ajedrez, que no juega contra otro, sino contra la representación de todos los juegos que hubieron existido, contra todos los que se han dejado constancia -en los libros, en los sistemas de información, en su cabeza-.

Así, como aquel jugador enfrenta a todos los jugadores invisibles que ya no están allí, nosotros nos enfrentamos a todo un mundo que nos precede. A todas, nos enfrentamos: a cada una de las jugadas de aquellos jugadores que ya no están. Esos caminos trazados a trocha gruesa sobre un suelo que tenemos que seguir o, al menos, mirar de reojo.

Antes de mover la pieza lo pensamos unas cuantas veces. Luego de moverla, en la cuenta caemos: la pieza se ha movido, sí, pero dentro del tablero propuesto. No nos hemos siquiera acercado a su límite, al fondo del juego.

Hay poco aire, dentro de la cuadrícula.
Debemos jugar de otro modo.

Provocar que las piezas se encastren entre sí.
Que tomen un peso específico diferente.

Hacer implosionar al tablero.
Quebrarlo por su mitad.
.
.
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miércoles, 19 de marzo de 2008

Buena suerte y hasta luego (fin)

El primer llamado siempre cuesta, aún más si uno tiene la mala suerte de no cruzarse nunca con el receptor requerido del mensaje. Pero un día, pasó.

Xaj: - ¿Hola? ¿está Leila?
Leila: - Sí, soy yo, ¿quien habla?


Nunca me gustó demasiado hablar por teléfono, siempre pierdo el hilo de lo que quiero expresar. Termino hablando de las sobras sin poder tocar los mejores platos. Esta ocasión no fue demasiado diferente, pero pude decirle que quería verla. Yo para esa tiernita época de mi vida tocaba la viola, la armónica y la batería de una manera muy rudimentaria... le mentí que el propósito de nuestra reunión era un proyectito de banda, ya que ella tocaba el bajo. Me dijo que la llamara al día siguiente para arreglar el encuentro tan deseado.

En ese next day ella no estuvo en todo el día en su casa. Tres llamados durante el día me dieron la pauta de que no quería ni verme en las figuritas de los thundercats. Pero mi decisión ya había sido tomada, tenía que decírselo, entregarle mi amor y todo el dolor que brotaba de mí, todo junto, en un frasquito de vidrio y esperar el vale cuatro de su boca.

El encuentro se produjo finalmente en una plaza de mi barrio, los árboles fueron testigos de tal espectáculo. Sus ojos ya no brillaban como ayer, pero seguía siendo esa princesa hermosa y desinteresada. Le escupí todo en un par de frases: amor, obsesión, dolor, esperanza, tristeza y castillos de cristal con balcones de madera balza.

Ella siempre lo supo, yo vivía para verla brillar. Pero quizás no esperaba que se lo dijera así, como una línea que tendía a cero hasta desaparecer en el eje.

Leila: - No se que decirte... enserio. (me miró y sonrío)

- No digas nada, le dije. Era evidente, yo era el único que tenía cosas que decir. Después seguimos hablando de cuestiones vacías que ya no recuerdo. La despedida fue con el beso en la mejilla mas triste que pudo haber existido... la tomé de la mano y la sentí fría. La solté inmediatamente.

Luego de no mucho tiempo me enteré de su embarazo, siempre fue una chica de pasos largos y pasajes que llegan más rápido a las avenidas.

Es verdad lo que dice esa canción: - "Hay algunos hombres buenos... y pocas mujeres solas".