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lunes, 28 de noviembre de 2011

Mondo Carne Mondo




-[Obertura]-

Ha pasado un tiempo. He pisado otras tierras del mondo carne, he bebido de otras aguas, otras sangres. Luego de este largo rato, me reencuentro con ustedes, los abrazo desde aquí.


 




V

           
           Volvía de Ituzaingó, sobre el tren de metal y vidrio molido. Era un domingo a la madrugada, estaba bastante colmado el vagón a pesar de la hora temprana. Enfrente de mí, una joven madre estaba sentada junto a su crío en brazos.  Se sobresaltó frente a un sonido agudo que provenía de su cuerpo. Con la mano derecha tomó su celular del bolsillo de su pantalón y -con dificultad, debido al niño que cargaba en sus brazos- levantó la tapa del artefacto. “Te amo mucho” brotó de la pantalla. La tipografía era grande, me permitía leerla desde una distancia considerable.

La mujer digitó, entonces, sobre el teclado un “tengo muchas ganas de verte”, que apareció luego por encima de la pantalla del aparato. Cerró la tapa con el dedo índice y cobijó entre sus manos al celular. Le dio un beso en la frente al niño que tenía sobre su regazo y le acomodó las ropas. No quiero que tomes frío, le dijo. El niño le respondió con una mueca inefable, de aquellas que sólo pueden esbozarse cuando no te has manchado aún con las palabras, cuando lo único que puede fraguarse es el sentir.

¡Oh, el mondo carne! Quizás, la imitación animal y el ansia de ser un ser (humano) haya provocado que la primer palabra del niño fuera Morón.  Tal vez, aquel niño haya aprendido a escribir con las manos, luego de años de mensajes de texto. Acaso, su madre ya no lo cobije entre sus brazos, quizás el niño ya no sea niño y ya no sonría más.

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H

Ha dejado ya de ser larva. Aún restan trocitos de hierbas tiernas en su paladar, los digiere con lentitud. Apelotonó filamentos de su seda más densa, y -con cuidado milimétrico-  embadurnó su cuerpo con ella. Está a resguardo del exterior, de aquel que lo confinó a esa jaula delicada.

La pupa siente crecer alongadas extremidades en su cuerpo. Sus oscuros pensamientos, sus miedos más profundos son interrumpidos por el brote de dos grandes membranas por sobre su espalda. Sus órganos son reabsorbidos lentamente mientras la pupa se pregunta sobre cómo será el desplazarse por el aire. Su joven cuerpo de oruga es rumiado por su carne en mutación. Le han contado del mundo del aire, del éter gaseoso, le han contado todo aquello que tanto la asusta y tanto la seduce.

Un capullo turgente, abre sus pequeñas esporas. Una brisa suave peina las partículas de ese rocío vegetal.  Su cuerpo ya es demasiado grande para aquella pequeña crisálida, ha llegado el momento de la eclosión. Instintivamente, extiende su lengua y excreta un líquido que licúa el capullo. Puede ver, ahora puede ver por la hendija que va formándose en la pared tejida. Puede dilatar sus alas por vez primera. Jamás volveré a arrastrarme por el suelo, se repite, entonces, para sus adentros, jamás volveré a arrastrarme.

martes, 17 de mayo de 2011

Turquía terciopelo – [1ª parte]



Los pies, lejanos; la carne fría. Desnudo, postrado en la única silla que había en la pequeña habitación. Sentía el terciopelo, lamiendo su piel. A pesar del uso frecuente y la injuria del tiempo, que habían manchado las rojas fibras del paño, algo de calidez aún restaba en la fina tela del asiento. Descansar, finalmente, dentro de una vulva de terciopelo; eso hubiera sido lo ideal. Pero no existe tal cosa, los absolutos se cuartean, se hienden las promesas y el terciopelo escasea en este rincón de la tierra. La silla mustia, con su terciopelo marchito, era lo más cercano al abrazo que necesitaba. Se conformó, entonces, una vez más, silbando una profunda bocanada. Con los ojos cerrados, con la boca seca.




I

Desde el espejo, su rostro insuflaba una vida cristalina de buen comportamiento, rebosante de buenos modales. Sonrió para mirarse los dientes, los cepilló con abundante dentífrico. Escupió el brebaje de saliva y pasta sobre la blanca pileta del lavabo. Inclinado sobre ella, con las manos trémulas aferradas a los grifos, observó durante unos prolongados -larguísimos- segundos a la espuma verduzca de su esputo, las burbujas de su baba, los restos de la pasta masticada. Se asqueó, necesitaba mancharse. Abrió la ventana y se apoyó sobre su marco: -no me siento bien hoy, prefiero quedarme y descansar- balbuceó por lo bajo a su nuevo celular. Se acercó a la cama y despertó a su mujer con un beso delicado.


II

Desayunaron. Coordinaron los planes para esa noche -compras en el supermercado, invitados a las nueve en punto, globos de colores en el patio-. El marido se comprometió a pasar por el Carrefour luego del trabajo y comprar él mismo lo que hubiera de faltar. Conversaron sobre la política exterior norteamericana, las elecciones internas del radicalismo y la nueva cirugía de la vecina del chalet de la esquina. -Se hizo las tetas, me dijo la mucama; la vio el otro día, cuando limpiaba la vereda-. Él sonrió, sin decir una palabra. 
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Mientras su mujer encendía su laptop portátil, él se puso su nuevo traje. Salpicó su cuerpo con más perfume que de costumbre, casi una ducha de hálito perfumado. Se despidió de la mucama con un “hasta luego, maría” que pronunció desde el jardín. Besó a su mujer, que allí lo esperaba, como siempre, para saludarlo antes de la partida. -No te olvides de comprar los globos, mi amor-, ella le dijo; -no lo haré- le respondió. Cerró la puerta del auto con un golpe seco. Se calzó los anteojos negros que guardaba en la guantera.