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viernes, 6 de noviembre de 2009

Esa Pulpa que resta, flotando en el ojo

http://www.youtube.com/watch?v=zpNx9rocnEI

Un espejo, en el fondo de la habitación. Nos miramos las manos, el pescuezo, le arrancamos de reojo una mirada al cristal, allí nos reconocemos. Somos, en estos tiempos, hombres, mujeres: los seres humanos; nosotros, los minúsculos vástagos ramificados del gran género “Homo”, los hermanitos violentos, (hoy) racionales y torpes de los chimpancés, los guachos que la supieron curtir bien y acapararon la pulpa del mundo, convirtiéndonos con el paso de la arena en los árbitros del fin del mundo, en el virus planetario por antonomasia. Sin embargo, hubo una vez hace no tanto tiempo, cuando fuimos otra cosa.

Fueron bastantes los trajes mutantes que supimos ser una vez: animalitos similares a unas ratas que movían el rabo entre los dinosaurios que daban su bocanada final, anfibios, primitivos peces, incluso organismos unicelulares, eslabones del largo itinerario que comenzó en el ancestro común de todo lo vivo en el planeta. Hay algo que compartimos aún, con todos estos personajes: nuestra enorme propensión a sobrevivir, ese ir y venir para arañar un buche que nos permita costear el pato de la supervivencia.

“Estás buscando un símbolo de paz.”

El correr más rápido, tener piedras con mejor filo, los AK47 bien purgados, los mejores bancos y los billetes más verdes, las condiciones para la supervivencia fueron mechando de careta con el paso del tiempo. Todo ha de mudarse de barrio, incluso nuestras jaulas. La existencia se va tecnificando, la vida, densificando; lo simple hace rato se bautizó en el rito del cachivache.

Un espejo que, de pronto, deja de exhumar nuestra imagen habitual. Olvidamos al TEG de la supervivencia y tomamos el fruto entre las manos. Nuestra mandíbula de rata se entierra en la naranja, el jugo cae, escurriéndose entre nuestras branquias inferiores, se agolpa en el pelaje amarronado y en almíbar se transforma. Escupimos la pulpa del mundo en el plato, la diseccionamos con bisturí y la aplastamos inclinando el pulgar, inflando el pecho, sonriendo de costado, asumiendo que tan sólo nosotros, los sórdidos hermanitos del mono, tuvimos la capacidad de haber cometido tal infamia.