"El hombre, llevado por su sentido de la belleza, convierte un acontecimiento casual en un motivo que pasa ya a formar parte de la composición de su vida"
Probablemente Kundera tenga razón.
Los bondis de mi barrio no se detienen. Son como rectas que tienden al infinito, mi existencia es un punto que no coincide con esas líneas. Sin embargo, cuando una mujer se posa junto al cartel numerado de latas urbanas, las rectas metálicas desvían su recorrido y así soy aceptado en el intramundo bondilístico.
Cuando corrí las cortinas violetas, la ví escondida detrás del último asiento. Me abrí paso entre la selva antropológica de la mañana pre-laboral a machete limpio y me puse a su lado como esas aves que se acercan a uno buscando un pedazo de pan, con esa mezcla de desconfío y esperanza. No se bien cómo, pero minutos después estábamos amándonos en la línea de asientos de atrás del colectivo, esa que tiene como 5 sillitas juntas y de la cual es imposible salir si estás junto a la ventana. Después de un sex-maratón nos miramos a los ojos y nos prometimos amor eterno, fuimos felices durante un buen rato.
Al dejar Caballito atrás, ella fue diferente, empezó a ver con insistencia el reloj como si su vida dependiera de ello. Almagro le hizo mal. "El centro me deprime nene", me avisó con cautela.
El Obelisco le guiñó el ojo y ella le devolvió el saludo. Tomé su mano aún más fuerte. Me miró y dijo: - "tengo que bajarme, acá... no me llames, esto me hizo mal, adiós". Me besó la frente y tocó reiteradas veces el timbre, luego saltó hacia el cemento. La perdí de vista en el medio de la garua.
Sí, Kundera tiene razón.