Y pocas mujercitas, solas --> http://www.youtube.com/watch?v=Fma95feKx4sAsi que la náusea era esto: las sábanas sucias y esta mina al lado tuyo que ni sabe deletrear bien tu nombre. Las luces casi verdes de ese lugar mequetrefe, de piso frío como el hielo, con ducha escocesa, con amores en muerte lenta.
“En el fondo de mi casa, tengo un árbol de la vida:
regaré con saliva las raíces escondidas”
Son días terribles, de esos en los que los fantasmas más preciosos cumplen años y no te invitan a la fiesta. Uno juega a olvidar, a no gritar su nombre, a no remitir al significante. Pero las letras se conjugan, se frotan entre sí, se vuelven a empapar los ojos. Ella es como una sombra, un eclipse de luna que va avanzando, tomando toda la superficie, que complota con las miserias diarias mojándose los labios en esta vida de escombros. Se convirtió en la voz más hermosa, que se pierde en el hipotálamo del pasado.
“En el fondo estamos solos, en un desierto de gente,
pero hay que ser muy valiente, apretar los dientes a la soledad”
Una que te pide que borres toda su intersección con tu vida, hasta el más misero mail, la otra que se baja del auto en movimiento y, de postre, leer los poemas de amor de una ninfa en regresión. Etapa bien jodida, de las mujeres sin sustento y la suerte enjaulada con doble candado. De los masajes sin manos, de la tristeza en semicorchea.
“Hay algunos hombres buenos y pocas mujeres solas.”
Y morir en esa hembra, de esas mujeres que se cansan rápido de las líneas, que abren el libro, se abanican con las hojas, como un dominó efímero de letras. Se detienen en la última carilla y la leen de arriba abajo, hasta el numerito de debajo de la hoja. Ya está, que pase el que sigue: -“Cuidate, ¿querés?” – me dice entre el jugo de la mañana. Como le digo, que ya no me cuido nada, porque hace rato morí del todo.