Levanten anclas, suelten las velas, yiren el rumbo, otro horizonte...
Somos jóvenes, digamos.
Arañando los últimos retazos de la adolescencia que nos queda (ya que hoy dicen que dura hasta pasaditos los 25 años) arrancamos un pedacito de ese manojo de sueños que fuimos y lo tragamos de sopetón. Lágrimas corren por la tráquea. La inocencia hoy nos provoca ternura y, a la vez, un vago desazón.
Cuan fácil es levantar el ancla, girar el timón e irte adonde te plazca. Dejar tu laburo, abandonar tu vida convertida en una rutina de roca.
Pero algo falla. Ayer no pude levantarla, la carga es cada vez más pesada, las responsabilidades van aminorando la levedad que supo tener.
A veces me veo saboteando esta vida-barco burguesa de pequeñas e inocentes maneras, quizás les pase: escribo en mi blog cuando debería estar cumpliendo con la productividad empresarial, veo todo con un dejo de cinismo que a muchos molesta, me embarco en proyectos imposibles que sé que nunca concretaré, soy maestro en eso de enamorarse de princesas que sólo un par de minutos en toda mi vida pude ver.
Quiero cambiar de aguas y cielos. Trato de sabotear este barquito de tantas maneras, ya que me robaron el timón. La rutina corsario se amotinó junto con mis sueños: los engañó con supuestas certezas de que nunca se cumplirían, que debían aceptar lo que tenía que ser. La inercia me toma de rehén en mi propia embarcación. Me alimenta con promesas de que me mañana será mejor. Pero no le creo a ese pirata, ya entendí que lo mejor es nadar.