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jueves, 14 de junio de 2012

Imperio Romano de Occidente ( Parte II )




 


II


Cómo he llegado hasta aquí. Mi pecho tengo abierto en dos. Aún respiro por entre las costillas.

¡Vándalos, bárbaros, cuerpo sin esfínteres! ¡Sus carnes profusas y hediondas, sus fluidos espantosos alimentarán mañana a Júpiter y Plutón!



Toco con cuidado mi abdomen, no lo reconozco, está destrozado. Ellos tienen la espada y la verdad, ahora. Ellos tienen su verdad y han abierto mi pecho con ella. Vivirán empapados en su verdad, como hubimos de durar en la nuestra cuando el mundo fue romano. Con el estómago abierto en dos, lo veo ahora claramente: toda verdad es la mentira del otro y nuestra verdad ha muerto ya.
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Oh, ¡aquellos tallos tiernos!, esas piernas suaves, aquel pubis infinito. Mujer: intento olvidarte para que me olvides. Me despido de los dioses que se han ido y de aquellos que nunca han estado; me despido de todos ellos y de vos. De mi tierra, de mis dioses y de vos.
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¿Quedará nuestro recuerdo? ¿Teñirá nuestra existencia al día de mañana, así como mi sangre ha vuelto roja la hierba? Alguien que vive en las lenguas, en los pensamientos y los recuerdos ¿vive en verdad? ¿Y -si lo hace- es eso suficiente? Un sol negro sobre mi cabeza: una bandada de estorninos avanzan haciendo figuras en el aire, asemejándose a un sol líquido que sobrevuela el espacio. Uno de los bárbaros se acerca. El vándalo parece ser enorme al mirarlo postrado desde el suelo. El sol, que una vez brilló sobre Roma, ahora es oscuro y mi pecho, que supo guardar el secreto de la omnipotencia, ha reventado. La vista comienza a nublarse, el cielo se confunde con la hierba, y la tierra, y mi sangre.
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Aprieto los ojos. Los abro con esfuerzo y veo el reflejo del sol sobre la hoja de una lanza o espada. El albor me ilumina por vez última y entonces lo entiendo: nunca podrán liberarse de Roma. Sonrío y muero, con el pecho abierto en dos, con la luz viviendo en mis ojos, para siempre.

miércoles, 5 de enero de 2011

Imperio romano de Occidente




 
I


En otro tiempo, dicen, fue diferente. Los otros tiempos siempre fueron diferentes, pienso.

La batalla era nuestro hogar, en ella nos cobijábamos, como en una madre tierna y cálida. La tierra de los conquistados con nuestras manos rebosantes de gloria, arrancábamos. Atravesando a cuchillo de gladiador las carnes que se opusieran al designio inevitable, avanzábamos hasta donde el sol se mastica a la luna, allí donde Júpiter observa sereno, con su mirada imbatible, a las ninfas más hermosas, que bailan por entre el viento y la arena. 



A ellos, nuestros dioses y diosas, levantábamos los más hermosos y aterradores tributos, banquetes y sacrificios, el comer hasta el colmado o coger hasta que duela, sangrar hasta que lo que brotara no fuera más que una transparente savia, un néctar sin vida. La providencia se bañaba junto a nosotros, en las mismas aguas.

Son mórbidos estos pertrechos que tengo en el pecho, puedo casi tocarme el esternón. Nuestras corazas son gangas y blandas y nuestras espadas largas y pesadas, nuestros hombros están cansados. Veo algo detrás del cielo.

Y aún a ella la llevo a mis espaldas. Me despedí sin saberlo, sin decirle aquello que prometí no decirle. Lo que una vez fue fuerte, se desgaja en trocitos, filamentos endebles. Mi reino habrá de caer en manos de los bárbaros, el futuro les pertenece; pero es que -en realidad- no me importa tanto el imperio como sus ojos, esos que no volveré a ver. Y ahora, son ellos por entre la alborada; ahí vienen, los sátrapas, a saquear nuestro cuerpo débil, que a pedazos está por caer.

Normal, natural, previsible es, que suceda. Nada dura para siempre.  Y está bien que así sea. Veo la cara de la muerte, ahí delante. Es espantosa, como supe que sería, como ella me dijo que habría de ser. Me despido de esos ojos que ya no me verán y levanto mi espada, junto a Apolo. 

Allí voy, entonces.