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lunes, 18 de febrero de 2008

Un viaje a las costumbres del ayer

Como un jugador que no sentía en sus tobillos hace tiempo el césped, como un escalador que no tocaba una piedra hace años, como un escritor que pasó meses sin ver una hoja de papel.

Lo admito, hace largo tiempo vengo matando mis fines de semana en barcitos pequeños con "grandes gentes", reuniones con buena comida en casas de individuos que no conozco y fiestitas under con gentecita buscando ser co-ol. Los boliches los había abandonado, los tenía bien enterrados en el recuerdo, muy cerquita de mis amores adolescentes.

"¿Che, pinta boliche hoy?" escuché el sábado a la noche, hace cuanta agua que no oía esa conjunción de palabras. Cuando abrí los ojos estaba bajo el techo de una estructura que albergaba cientas, o miles (no me detuve a contarlos) de personitas.

Mares de hormonas, orgasmos de cartón por doquier, besos babosos. Un cuadro hermoso. Al principio fui un antropólogo en un ritual aborigen; cuando la observación participante me encontró hablando con alguien que no me interesaba , cosas que no me importaban, decidí apartarme. Observé peleas entre gallos celosos, gente lastimosa expulsando por su boca el alcohol que tanto dinero le costó insertar en el mismo lugar. Me acordé el porque habíamos dejado esas aguas, en busca de unas mas calmas.

Ya bajo la tibia mañana del domingo, miré hacia el bolichin... esos lugares son como las relaciones que terminaron mal, no podes creer cómo, hace no tanto tiempo, besaste esas bocas hoy llenas de moscas.